::Concierto de año nuevo::

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El día uno de Enero, por Dios! me pilló, con un poco de resaca debo confesar, afanándome a eso del mediodía en adecentar mi casa. Se me habían hecho las doce y media y las camas estaban sin hacer y la ropa sucia sin recoger. Y el lavabo hecho un desastre. Aunque creo que debería ufanarme un poco porque en el horno ya estaba un pollo asándose.
Los niños interrumpían constantemente mi labor con sus requerimientos y sus riñas, reeditadas nada más comenzar el año, pero no creais que me sentía agobiada: me hallaba dulcemente narcotizada por los valses de Viena.
Si algo hace diferente a este día festivo de los del resto del año son los valses en Viena que suenan por televisión. Aunque no lo pienses, sabes que todo está bien. Todo marcha. Tu civilización existe y te da la sensación de que tu vida marcha y al mismo tiempo vuelve a comenzar.

Pasé un momento por el salón camino de la cocina donde me esperaban un sinfín de cacharros por limpiar consecuencia de la noche anterior y me detuve ante el televisor a disfrutar un momento del concierto: Bonito. Pero lo de siempre: lujosas lámparas de cristal pendiendo del techo Mujeres engalanadas. Hombres de etiqueta. Otro viejo director de orquesta al que por suerte le bastan ligerísimos toques con su batuta para manejar a toda una Filarmónica. Los oyentes todos inmóviles en sus asientos. La sempiterna imagen del concierto de año nuevo.

Te has perdido -me dice mi marido, que se arrebuja en nuestro mullido sofá con un atisbo de costipado- los reportajes de las mejores pastelerías y mantequerías de Viena; las vistas del Danubio, que yo no sabía que fuera tan largo. Y el proceso de producción de los trajes que llevan las bailarinas. El diseñador, Valentino, tiene seis perros bulldog-francés y un jet privado para desplazarse, el tío.

Entonces la cámara saltó de la sala del concierto al museo de historia de la ciudad y pude ver los diseños de Valentino  Encantadoras bailarinas danzaban con habilidad entre las numerosas piezas de arte que poblaban las salas del museo.  Los elegantes y suntuosos vestidos eran de color rosa y gris Ceniza. Como un ensueño de la Cenicienta  -pensé-  Y como los colores de mi blog  -añadí a mi anterior pensamiento-  La cámara regresó a la sala. Daba comienzo otro vals: "Vino, canciones y mujeres" de Joseph Strauss. Ese titulo, pensé, suena a consigna de burdel. Ah!: aquellos tiempos! Ay que ver cómo eran!

Me fui a la cocina con algo removiéndose en mi interior. Quizás la fiera feminista que hay en mi. Algo que me indujo a pensar que algo perverso se movía bajo el tranquilo, equilibrado y más bien ficticio ritmo del vals y bajo esos deliciosos vestidos rosa y ceniza mientras yo me introducía de puntillas en mi cocina de espanto
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